domingo, 27 de marzo de 2011

Dentro del Laberinto.

Pasan los días, uno tras otro sin notar cambio alguno. Los ojos se cansan de ver las mismas cosas, sin que a penas haya variación.

1. Levantarse.
2. Sobrevivir.
3. Volver a la cama.

Rutina. Nada hay que te haga salir de ella. Quizás el problema no sea ésta en si, sino pensar equivocadamente que se está sumergido en ella y, que la realidad, opine lo contrario.
Cada día que te levantas intuyes que va a ser lo mismo de todos los lunes, de todos los martes, de todos los domingos... Y por mucho que te esmeres, jamás consigues el resultado adecuado. La motivación se ha visto desprovista de su máscara y tiene vergüenza de hacer acto de presencia; y, cuando quieres darte cuenta, una lágrima se ahoga en medio de un sábado por la noche en el rincón más oscuro. Algunos lo llaman miedo, claro, el problema aparece cuando ni siquiera sabemos a lo que se tiene miedo, quizás a lo incierto, a lo que pueda pasar o, simplemente, a lo que no pueda pasar... Es, entonces, cuando ni siquiera sabes a qué temer, a todo y a nada a la vez, cuando no distingues la verdad de la mentira y la realidad de la ficción. No hay respuesta a las dudas, ni siquiera consuelo en una almohada que, en silencio, ahoga los silencios más profundos que anhelan salir a relucir.
Nos alejamos de la sociedad y nos encerramos en nosotros mismos, cuando nuestra trampa más mortífera es nuestro propio laberinto. Sin salida. Todo es confusión a nuestro alrededor: la gente viene y va, las luces se encienden y se apagan según el momento del día... Y nada tiene sentido... Sólo la voluntad atrapada de vernos atrapados por la salida. Fracasamos, una y otra vez.

Quizás esté atrapada en mi propio laberinto...



Baila, magia, baila para mi.

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