viernes, 29 de abril de 2011

Con las manos vacías

Diez paquetes de tabaco, dos botellitas de ron, un dolor de espalda; ya van cuatro o cinco días, y, por fin, esta canción de la madrugada para decirle al mundo: viejo vagabundo ¡desata esta locura! Y con ella anudo mi cuerpo desnudo, que se ata la amargura. Sigo vendiendo mis canciones en las esquinas de tu barrio para comprarte un pony; tu tan sólo ve forrando las goteras de este llanto con las páginas de un cómic. Y dime al oído, por Dios, te lo pido... Palabras tan bonitas para ver si me olvido de este absurdo ruido que revienta mi vida, que mi voz ya no entiende nada, nada, nada de esta fría madrugada.
Pero te juro que con mi guitarra me he pateado todos los rincones, lo siento tanto niña desvelada, que a nadie le interesen mis canciones. Y otra vez volver, mi amor, con las manos vacías, y otra vez volver a esperar el tranvía. Y un colacao con madalenas, y un zumito de mis labios... ¡el beso más dulce! Desayuno con tu aliento y me basta con el viento que nos curte. Y enredado en tu vientre como una serpiente; cansado de este desierto, harto de la gente -he pensado siempre "están todos tan muertos!- que mi voz ya no entiende nada, nada, nada de esta fría madrugada.
Pero te juro que con mi guitarra me he pateado todos los rincones, lo siento tanto niña desvelada, que a nadie le interesen mis canciones. Y otra vez volver, mi amor, con las manos vacías, y otra vez volver a esperar el tranvía.

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