Y es que a pesar de todo lo que pensaba al mirar a su alrededor, al hablar con las personas que más le importaban, se daba cuenta de que estaba viviendo una mentira. No una mentira cualquiera, no una mentira piadosa, sino una de las de verdad, grandes y retorcidas.
Lo peor de todo no era reconocer la farsa al estar ante ella, eso no tenía la más mínima importancia cuando lo consentía a pesar de todas las cosas, a pesar de todas las lágrimas y dolor. Había desterrado la realidad al olvido y la había cambiado por una nueva. Olvidó lo que significaba besar a una persona, sentir ese calor humano que desprende al darse un abrazo. Olvidó lo más importante: vivir, y eso añadido al infierno de ser consciente de que lo estaba permitiendo la consumía. Aprendió a ser más feliz así, en su propia miseria, atrapada en su propio cubo de rubik.
Patético.
Se preguntaba que si aquellos que movían sus hilos para que actuara estarían igual, o más, vacíos que ella. Sin sueños, sin esperanzas, o si habría en si una estratagema oculta, un deseo frustrado deseando salir. Callejón sin salida. Es como estar atrapado en tu propia trampa...
No hay comentarios:
Publicar un comentario